porque huele a vida,
pero contemplamos
como estalla contra el suelo
porque sabemos que,
en el fondo,
también somos lluvia.
No sé si las fronteras que un día levantamos
frente a nuestra mirada lejana
dejaron este rastro de culpa,
esta mueca triste y estúpida en mi orografía.
Tantas heridas abiertas, tantas mentiras
como ríos
erosionando los valles y las mesetas.
Tantas, tantas…
Sólo me queda volar sobre el viento,
negar el pasado una y mil veces,
convertirme también en agua
en furia, en lamento.
Para que nadie sepa de mi
y yo
sólo vea en ellos
a una parte equidistante
entre la memoria y el olvido,
esa tierra de nadie: mi exilio.

Dadme la verdad:
aunque duela, aunque sangre
aunque sea un tsunami que arrase con todo o
invoque a aquellos fantasmas que pueblan el desierto.
Dadme la verdad,
porque la deseo más que a la vida,
la fortuna o al amor que me consuela
en su ausencia absurda.
Dadme la verdad,
en forma de dardo o puñal
con el estallido del rayo o el estruendo
de un balazo en la noche eterna.
Dadmela. Dadme la verdad,
para que con ella pueda colmar al fin
este inabarcable e infinito silencio
tan lleno de voces
como de irrealidad.

Más allá de mi pecho encogido,
casi congelado de nudos,
calla mi boca
y las palabras cristalizan en suspiro.
La vida pasa
como una ráfaga incensante de sucesos,
mientras en la trinchera de mi pecho
el silencio grita
colmado de terror. No quedan
ya días para esperar lo mejor del ser
así que me consuelo
soñando con un encantamiento de belleza inalcanzable, una ecuación que corrija las mareas o con un verso que contenga el más oscuro desasosiego;
fantasías de salón, puro y copa de cognac,
porque tras las palabras
se erige una certeza de mármol y sombra,
de incienso y mudo luto:
vivir es ser otro, nada más y nada menos,
es ser el cadáver de lo que soñamos ser.
Ya no hay flores en La Rambla.
Ya no hay flores.
Se las llevó el tiempo y la ira,
un odio mezquino
como el de aquel que se alimenta de bilis
en la soledad de su infamia.
Ya no hay flores, amigos, ya no hay flores;
mudaron en sombra, en recuerdo,
en sangre derramada
cuando no quedaba ya
ni el aroma del jazmín ni de la rosa
bajo el sol alegre de las terrazas.
De luto quedaron los libros,
incapaces de explicar tanta sinrazón
capturada bajo la superficie de las lágrimas.
Quebrar de rabia la mesa,
emborracharse frustrado con las estrellas,
gritar, correr o abrazarse al mar
como un loco que sujeta
entre sus brazos la esperanza
puede servir de momento…
¡Vana tirita para un mundo que se desangra!
Ya no hay flores en la Rambla.
Ya no hay flores.
Sólo un silencio mohoso
donde no cabe ni siquiera la luz del mañana.
Siempre fue así.
La poesía dialoga consigo misma,
como ballenas cantando por sobrevivir.
Por eso escribe, escribe, escribe…
En su melodia se levanta
un puente entre soledades,
una huida del «yo»
para encontrarse, después de todo,
en la claridad del «nosotros».
Escribe sobre sus grietas, sobre sus caleidoscópicos laberintos,
sobre sus umbrales luminosos y sobre tus nervios cristalinos.
Escribe sobre su mano cálida, la ternura de sus labios,
su miradas entre miles y su sexo caliente y generoso.
Escribe, escribe.
Porque es en ese viaje al fondo del espejo,
cuando todo es posible,
incluso la esperanza. Sobre todo la esperanza.
Así que vístete de arqueólogo en la búsqueda de tu verdad,
abre la tierra y sus mentiras, enfrentate a la injusticia,
a la mano vacía y la boca hambrienta,
a la bota de hierro y al poder que la maneja,
porque los sentimientos no tienen nombre,
y la palabra es una cárcel
donde no cabe ni cabrá nunca la realidad.
Por todo ello escribe,
escribe y sueña
despierto, en este infierno implacable y mezquino,
porque aunque la vida no tenga sentido
y seamos gotas de agua diluidas en el abismo,
este silencio nos da aire entre la muchedumbre como
materia eterna, raíces de lluvia, eco de cenizas
y hoguera del olvido. Por todo ello
escribe, escribe, escribe, escribe…

Hoy recuerdo
el primer amanecer que incendió
nuestras sábanas y nuestras bocas
en una jauría de dentelladas calientes.
Era invierno,
pero no hacía frío. A tu lado
las horas pasaban invisibles.
Sigues teniendo esa cualidad,
ese poder intangible sobre mí. Tus manos
me atan a tu cuerpo
y tu cuerpo desata mi ser
como un hermoso delirio.
El reloj sigue parado
en aquel instante preciso
cuando la rigurosa escarcha se hizo carne
y tras la ventana empañada
la ciudad parecía una sombra frágil
que no soportaba nuestra luz.
Fue una noche de febrero, lo recuerdo bien,
porque no hacía frío.
Fue ante el esplendor de tu conjura
cuando ardí contigo.
Imagen: «Audacia» Hatem Khraiche
«Creo que si mirásemos más al cielo, acabaríamos por tener alas.» Gustave Flaubert
Del amor ya se ha escrito todo,
porque nada de lo que se expresa es suficiente.
Uno queda atrapado, con cara de bobo,
ante la torpe incompetencia del lenguaje.
Como si sólo en un parpadeo
se pudiera contemplar el infinito,
buscamos en el otro nuestro espejo
como si en aquella cálida pupila
se extendiera un atlas del deseo, una crónica
sobre todo aquello que nos trajo hasta aquí.
Ain’t no mountain high enough
Ain’t no valley low enough
Ain’t no river wide enough
Y sin embargo ahí seguimos
buscando razones para ser amados,
argumentos que eleven nuestros corazones
tan cansados, a veces,
tan desgastados
de tiempo y soledad.
Puede suceder también que
rompamos el silencio para revelarnos,
de lo que somos,
de lo que fuimos,
de lo que queremos dejar de ser,
porque las heridas más profundas
siempre se esconden tras sus muros.
Y aunque en el fondo sabemos
que nada de lo que digamos nos devolverá al paraíso,
seguimos amando, seguimos escribiendo,
porque soñamos
que dentro de esa cálida pupila
se abre una puerta a la eternidad.
El televisor grazna como cuervo
su propaganda delirante
y yo
sentado, con el cigarro aferrado
a una mueca triste
me pregunto si dormir…
Dormir, morir, tal vez soñar…
¿Ignoro si soy? No.
Soy el puzzle de un espejo
que enfrentado a otro espejo
muestra su laberinto.
Como esa colilla que ahora me contempla
indiferente y gris
en el cenicero.
Cuando la esperanza se apaga
todo sabe a ceniza de futuro,
a parto trágico, a grito herido
que nadie en el bosque
escuchará.
Y no hay trago, ni boca, ni colchón
que apacigüe la rabia, ni devuelva el latido
al viejo y desconfiado reloj.
Mientras las calles se llenan de vacío
el verano quema mi corazón.
Tic, tac, tic, tac, tic, tac…
El tiempo pasa y a
cada paso siento
que nos aleja
como desengaños
de la primavera en que nuestras manos
soñaron florecer.
vuela como una golondrina.
Su trayectoría invisible, su aleteo
desprevenido
marca en el azul del cielo
las sombras de su sendero,
el esbozo de su destino.
¿Cómo congelar su movimiento
sin pretender detener el tiempo,
ni talar de un disparo certero
su viaje hacia el infinito?
¿Cómo pretender que la palabra
vista de oro la jaula donde contemplar
aquello que tanto el cielo como el espejo
han demostrado que no puede ser contenido?
¡¿Qué derecho tengo
si la vida de cada hombre
vuela como una golondrina y mis alas
arden en la oscura hoguera del deseo?!
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