Todo me sabe a ti. Danza invisible.
El amor a veces sabe
como si comieras
helado de caramelo en la cama
después de hacer el amor.
Nunca tienes suficiente,
ni de lo uno,
ni de lo otro.
Todo me sabe a ti. Danza invisible.
El amor a veces sabe
como si comieras
helado de caramelo en la cama
después de hacer el amor.
Nunca tienes suficiente,
ni de lo uno,
ni de lo otro.
Acabas un libro,
has pasado un año y medio con él
y lo conoces como a un hijo,
como a ellos
llega un día en que debes dejarlos volar
con esa mezcla de orgullo prudente
y temor por su futuro.
Ciertamente te conformas con poco. Sólo esperas:
que la vida no le sea demasiado dura,
que hasta los más críticos lo llamen por su nombre y
que llegue, sin grandes cicatrices, hasta donde pueda llegar.
Los árboles ya no están,
pero el viento sigue todavía
peinando las calles con indiferencia.
Seguramente, no se de cuenta
de que ya casi nadie se estremece a su paso,
que solo se levantan a saludarle
la basura
y los papeles perdidos
de algún incívico poeta.
Sórdidas respuestas soplan
en estos tiempos bárbaros,
mientras pisamos el acelerador
-como Thelma y Louise-
directas hacia el precipicio.
Trato de no pensar demasiado,
tan solo de aguantar el peso de esta niebla,
que me abraza fría,
traspasa mi piel
y clava sus uñas de hielo
en mi corazón confuso.
Es extraño estar y no estar,
ser la sombra de una sombra,
cuando todo acontece y
sentir que la vida se te escurre de las manos,
como despierta Sísifo en el valle.
Será por eso que al final
me conformo con lo poco que queda en ellas,
porque la alternativa es demasiado lúgubre
como escribir tu propia esquela
o imaginar mi vida sin mí.
Calla mi boca y paraliza
mis labios el silencio.
Pero no,
no es porque mi corazón no sienta,
sino porque mi mente aletea
como un pájaro del laberinto
y atraviesa
tantas emociones en un segundo
que no hay palabra que abarque tanto,
ni emoción que abrace este todo
tan oscuro como mío.
Y con lo difícil que resulta todo,
encima
nos da por boicotearnos.
Somos esclavos que han adoptado sus cadenas y
que se flagelan por no ser buenos siervos.
Nos merecemos lo que nos pase,
por imbéciles.
A estas alturas del camino
poco importa como llegué hasta aquí,
todo mis pasos cumplieron un propósito
y lo único que lamento
es no haber aprendido suficiente.
En esta hora tardía lucho
por vivir en mi, por vivir contigo,
porque crezcan flores en las ruinas y
cristalicen los lamentos en perlas
que puedan coronar la blanca cima.
Todo lo demás da igual: éste
ha sido mi viaje, mi ruta salvaje
en la busqueda de mí mismo.
Todo este tiempo te he estado esperando, amor,
y lo demás
son las piedras que han marcado mi camino.
Si algo me ha enseñado la vida es: que nadie es mejor que nadie, que la arrogancia es el arma de los que desconfían de sus propios argumentos y que la humildad siempre brilla, aunque la eclipse el fracaso; que el conocimiento solo sirve si se comparte, pero es mejor compartir un trozo de pan o un vaso de vino, unas risas o un lamento, porque las cosas más básicas, son los cimientos de la vida, la base de nuestra humanidad; que el mundo está lleno de belleza, de pequeñas acciones anónimas que nos salvan del incendio y que el poder es un monstruo cruel cuyo único fin es perpetuarse y que para eso muchas veces se disfraza de Dios; que todo es efímero, hasta lo que parece eterno, y que hay que hacer acopio de buenos ratos, porque al final solo nos quedará la memoria y sus cachitos de espejo; que la melancolía es un exceso de pasado que nos evita vivir el presente, pero también es un refugio donde siempre seremos bien recibidos; que la infancia se vive por obligación y que por eso hay que cuidarla de los adultos que ya no recuerdan que fueron niños; que aprendemos más de los errores que de los aciertos y que vistos de cerca todos estamos locos, en mayor o menor medida, pero que la locura no está reñida ni con la bondad ni con la inteligencia, solo supone una mayor fragilidad, como si avanzáramos sobre una fina capa de hielo; que los libros son como el mar, tan profundos y cercanos, que no detienen su tránsito constante aunque parezcan muertos; que nada tiene sentido, ni la verdad, ni la existencia, y que es por eso que solo podemos ser felices cuando no nos preguntamos si lo somos; que el amor no es la respuesta, ni sana enfermedades, pero sin él la vida es más triste y mucho menos amable y que si no decimos un te quiero mañana puede ser demasiado tarde; que sin empatía, sin emoción, solo desde el intelecto, nunca podremos conocer bien a nadie y que la poesía, aunque no tenga más función que la de fijar el movimiento y compartir soledades, siembra futuros poniendo palabras donde solo había silencios errantes.
Repetir, perseverar,
insistir hasta la náusea,
no garantiza ni un buen verso,
ni un amor correspondido.
Lo más probable es acabar vomitando
el café de la mañana
o conseguir una orden de alejamiento.
Pero a veces
amamos tanto el amor
que necesitamos creer en milagros,
porque aunque éstos no existen,
duelen igual.
Y nos gusta.
<<Aunque yo me haya cerrado como un puño, abres pétalo tras pétalo mi ser.>> E.E.Cummings
En esta mañana de febrero
me entregaría al mar
o a la tormenta;
sería silencio, sería olvido,
sino fuera
porque estás ahí
sembrando futuros
en mis desiertos.
Nadie,
ni el llanto, ni la música,
conoce como tú mi soledad.
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