Topología de la ausencia. A Pep Canals.

Ahí estás, quieto como una vela apagada,
envuelto en un silencio casi litúrgico,
tan ajeno a ti que no pareces tú.
Siempre fuiste de tomar la palabra sin miedo,
como quien blande un arma cargada de futuro o una semilla
que anhelaba germinar en el otro.
Ahora, tus ojos cerrados
no muestran todo lo que observaste con la fascinante curiosidad
de quien ama el mundo.
Solo muestran algo que quiero definir como paz,
porque la nada, ese vacío infinito, no te pega. Eras mucho, amigo mío,
mucho, y como no te gustaba regodearte en ello,
sin querer,
te hacías más grande.
Tu me lo dijiste en ocasiones,
un hombre, en sí mismo, es poca cosa,
necesita relacionarse para trascender.
De este modo, aunque la muerte haya ido a tu encuentro, hoy:
en Sonora, el Amazonas, Trieste, Barcelona o en la cama insulsa del hospital,
te rodea quien querías,
aquellos que conocían la topología de tu corazón,
y descifraban los mapas y sistemas de tus susurros.

Sin duda, ellos también te hacían como eras,
conocedor de la insignificante existencia del hombre y
de su inmensa capacidad de amar.