Solía venir de pequeño a visitarte, cuando la vida era sencilla
como sentarse a tu sombra, esperando a que la gravedad
fuera generosa con tus negros frutos.
Recuerdo que, por aquel entonces,
las tardes se alargaban como prematuras estrellas fugaces
y que imaginaba ser mayor para al fin ser libre.
Vivir -qué equivocado estaba-
me parecía una aventura que solo los adultos protagonizaban.
Mis héroes eran adultos, mis padres también,
mientras que yo solo era un niño, ajeno a la guerra y a la miseria,
que esperaba, impaciente, el porvenir.
Pero a pesar de todo, de mi ignorancia, de mi estupidez,
solía escaparme hasta aquí las tardes de verano
en compañía de Verne, Stevenson o Tolkien,
-según me diera-, porque lo que sí sabía era que los sueños,
en compañía, germinan mejor.
Supongo que era un niño algo solitario, que no entendía el mundo,
ni lo pretendía; que me revelaba contra mi visión de lo injusto,
huyendo bajo tus ramas, en esa isla diminuta que habitaba,
como un Robinson Crusoe en medio de un océano de palabras.
Hoy, rozando los cuarenta, he vuelto y no estabas.
Supongo que era fácil de imaginar.
En tu lugar se extiende el asfalto del aparcamiento de un Lidl,
hay niños con sus padres, pero diría que ninguno ha llegado a conocer
a los que un día fueron mis amigos, porque los libros
se abren para dejarte entrar en su mundo
mientras que las pantallas, a pesar de su luz,
solo te devuelven un reflejo difuso de lo que podrías llegar a ser.
Ahora, puedo comprar todas las frutas que quiera comer,
pero sigo sin saciarme. Supongo que, tristemente, sigo sin entender el mundo…
¡Y ni falta que hace!





…Abrió los ojos. Eran las 4 de la madrugada. Una noche más el insomnio se materializaba en su rostro en forma de cansancio y fastidio. La visión de dos cucarachas frente al microondas lo habían despertado con un sobresalto. Pensó en Kafka, en las pesadillas que debió sufrir para escribir “La metamorfosis”. Sueños inmundos y castradores, como los que soñaría una bestia acorralada. En la oscuridad, recordó que no hay peor amenaza que la de nuestros propios miedos reprimidos y supo que ya no podría volver a dormir. Se levantó pesadamente y fue a beber un vaso de agua a la cocina. La mirada le volaba hasta el microondas, por si acaso todo aquello resultaba un deja vu. Ni rastro. Sólo un periodico abierto donde leyó las palabras de W.H. Auden: El valor de algo profano es su utilidad, el valor de algo sagrado es su existencia. Dejó el vaso en el fregadero y al girarse, vio a dos cucarachas frente al microondas. Abrió lo ojos. Eran las 4 de la madrugada…
Debe estar conectado para enviar un comentario.