El viaje.

Tanto miedo,
tanto, tanto,
a viajar ligero de equipaje
que atamos nuestras manos,
silenciamos las palabras y cedemos derrotados antes de luchar.

Tanto miedo,
tanto, tanto, que soñamos,
por no morir,
que la libertad espera
al otro lado de la puerta,
como un lunes al sol, un amor
imperfecto y maravilloso
o una palabra que al fin
abra la cerradura.
Tanto miedo a mirar, a escuchar,
a comprender.
Tanto miedo…

Pero la verdad es que
nunca hemos sido tan libres,
porque nunca hemos estado tan cerca.

Por eso te llamo esta noche,
para romper el sortilegio que te paraliza.
Porque aunque creas

que estos barrotes son tu casa,
un universo entero se abre en tu corazón.


Tomalo si quieres. Ámalo.
No necesitas maleta para este viaje.

La tregua.

Y de la noche a la mañana
se detuvo el mundo.


Justo a tiempo para que viéramos
que en unos días
el agua volvía a ser transparente
como los espejos más fieles,


el aire traía más cantos de pájaros que polución y,
separados por orden gubernamental,
las personas volvían a añorarse

y a valorar la amistad, el amor, la verdad…

Pareciera que el mismo Prometeo
haya desobedecido también a la muerte
para darnos otra oportunidad.


Pero mucho me temo que los humanos
somos esclavos de nuestros dioses,


ellos alimentan nuestros caprichos,
como a niños mimados e irresponsables.


El virus, sin saberlo,
nos ha concedido una tregua, y


quizás
la última lección
antes de que sea tarde.

Luces de navidad.

Están instalando las luces de navidad
y estamos a 20 grados,

los niños juegan en la plaza.

El recuerdo de un noviembre frío
se va desvaneciendo como el hielo de mi vaso.
Quizás se acerque el fin del mundo y
con suerte
no lo veré. Es tan propio de estos tiempos
exclamar un ¡sálvese quien pueda!
Parece que nos conformemos en desear
que si va a desatarse la tragedia
nos pille jugando.