El café de las mañanas

Me gusta tomar café por las mañanas en esta plaza,
mirar a la gente, leer un poco, intentar escribir…
Son formas de huída cercana,
como sumergirme en una piscina de bolas buscando mi niñez,
o soñar que soy otro,
solo por imaginar qué le gustaría más: Benedetti o Baudelaire,
El truco está en jugar a que no te ven,
sólo así puedes mirar con el atrevimiento desesperado de una estatua viviente. Y
con un poco de fortuna
el mundo te regala una mirada, una sonrisa,
un recuerdo en forma de presente,
que atesoro… Y es que a mi edad
la memoria
es un baluarte oculto,
un jardín umbrío donde todo,
hasta el olvido, responde a un porqué.

Límites

El psicoanálisis

-como diría San Agustín-

intenta contener el oceano en un vaso de agua.

La poesía

-en cambio-

es mar, es abismo, es firmamento;

querer ponerle límites

es como pretender alcanzar el horizonte…

La verdad y lo infinito,

no entiende de terminos.

Esa lágrima furtiva

A veces

en la radio del coche

suena una canción que reabre la herida,

como si nunca se hubiera cerrado, y

aminoras

para no chocar

con esa lágrima furtiva,

agazapada en la memoria,

que como una bestia caleidoscópica

que ha sobrevivido al olvido

te asalta,

te asalta en tu soledad,

desde su sombra,

como el eco de un lamento o

el triste negativo de una historia.

Puede pasar entonces

que la carretera se estreche o se retuerza,

peligrosamente,

transformada en remordimiento o pérdida,

en culpa o descrédito,

y tal vez, por un momento,

pienses en detener el coche para así

poder llorar mejor.

Conducir por esos caminos

por donde solo transita el alma

tiene estas cosas…

Tarde o temprano

acabas llegando al corazón.

La magia reside en ese instante

en que a esa canción le sigue otra

-realmente no importa el género-

y la herida vuelve a desvanecerse

como un espectro…

Es cuando sonríes y descubres,

justo antes de acelerar,

que somos la suma

de todos nuestros fantasmas, que

son ellos

los que nos hacen sentir vivos.