Ir a la universidad
sólo te aporta
tecnología cultural,
no te convierte
en alguien que sabe
cómo vivir
ni cómo morir.
Ir a la universidad
sólo te aporta
tecnología cultural,
no te convierte
en alguien que sabe
cómo vivir
ni cómo morir.

Emborrono tu superficie
buscando (d)escribir en la niebla
un punto de luz.
Pero sólo encuentro traumas
abiertos en la piel del pasado,
y dudo y me pierdo
y trastabillo.
Mi cuerpo, caído
en la calle vacía,
devuelve tu silueta
a categorías ingrávidas.
«Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.»
Julio Cortázar. Rayuela. (Capítulo VII)
Disfrazada de sombra, caminas con pesadez elefantina, vueltas las enormes pupilas hacia un desván polvoriento, tu alma desprende a cada paso jirones de borrasca y óxido sobre tu cabello.
Me sorprendo saludándote, pero tu mirada quebradiza traspasa los cimientos de mi cuerpo al pedirme temblorosa un cigarrillo para una “buena causa”.
Una tristeza infinita me inunda al seguir mi camino. Sólo dura un momento, tiempo en que miro el paquete de Lucky y recuerdo que los fantasmas no fuman.
No suelo hacer reseñas. No me considero nadie para hablar bien o mal del libro de un colega. Sé demasiado bien el esfuerzo que supone -y lo desagradecido que suele resultar-
acabar un libro y que éste sea editado. Menos aún cuando sientes cierto aprecio por la persona en cuestión. Si me estoy lanzando a pergüeñar estas cuatro líneas es porque el libro «Cosas que decidir mientras se hace la cena» de Maite Núñez (Editorial BASE) contiene algunas de las historias más brillantes que he leído en mucho tiempo.
Todo el libro parece atravesado por una procesión de personajes sumidos en el aislamiento de sus rutinas, que se aferran -en su particular deriva- a lo que pueden para no zozobrar. Robinsones voluntarios e inconscientes, demasiado ocupados en sus cuitas interiores para ser capaces de tender puentes que conviertan sus islas en penínsulas. Seres confusos y desconfiados, incapaces de asumir la insignificancia que supone la existencia y sus derrotas, para así poder seguir adelante, son diseccionados con precisión quirúrgica, hasta que la cruel realidad de la incomunicación es revelada . El miedo a mostrarse tal cómo son, a doblarse ante el deseo del otro, para no ser heridos, acaba dando al traste con sus verdaderos deseos, frustrando su salida del túnel que supone la soledad.
Un túnel, que la propia autora no oculta que ella misma vivió, durante el proceso de recuperación de una enfermedad. Esta circunstancia, presente en distintos relatos del libro, le da una nueva perspectiva. Como si esa ciudad ficticia (San Cayetano) donde se acaban desarrollando la inmensa mayoría de historias, representara el imaginario de una mujer que sublima en sus protagonistas sus propios miedos, sus propias angustias, permitiéndose hacerles una mueca cínica y cargada de humor negro. Cosa que por desgracia, la realidad no siempre permite.
Sus primeras 40 páginas son simplemente maravillosas, a la altura de las grandes maestras relatistas españolas del siglo XX (Puértolas, Martín Gaite, etc). Personalmente considero que los relatos: «Todos los seres queridos» y «El plano de Londres» son auténticas obras maestras del género. Después, aunque baja el nivel de intensidad, sigue a suficiente altura como para acabar y disfrutar con el libro empujado por la poderosa inercia inicial.
En fin, hay que leerlo. Hay que disfrutarlo. Sólo la buena literatura se presta a ello. Si habéis visitado las páginas de Chejov, Henry James, D. Lessing, P. Highsmith o Alice Munro, no os defraudará. Me apuesto un gintonic.
Palabras que surgís
libres de intenciones
como el agua, que del manantial,
brota sin más deseo
que su necesidad de fluir.
Sin querer,
desnudáis mi mirada
mostráis mis interiores
a veces tan ciegos,
a veces tan oscuros,
dando sentido desde vuestra cárcel
a mi viaje sin rumbo.
De este modo
me encerráis y me liberáis,
desde vuestra paradójica realidad,
encadenadas
solamente
por el peso que los demás quieran daros.
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