Un lago bajo la lluvia.

«El tacto tiene memoria»

John Keats

Si le preguntamos a la piel
quizás nos cuente historias de un viaje
de ida y vuelta,
como una ruta circular
hacia nuestros nombres;
un abrazo retenido,
esa mirada que nos acarició desnuda,
el sexo húmedo y descarado…Y sin embargo
la memoria de la piel
es más profunda que todas las rosas,

no necesita que la toquen,
para que toda ella se erice
como un lago bajo la lluvia.

Como el mar al anochecer.

Estamos en el balcón del hotel
y me pido una copa de vino;

Ana solo bebe agua.

Ella sueña con que algún día

cuando yo muera

le quede algo vivo de mí.

Luego canturrea distraída
mientras mira su teléfono.
Yo quiero otra copa,
pero no la pido.
Mi sangre ya está condenada
y el futuro me parece oscuro
como el mar al anochecer.

Luces de navidad.

Están instalando las luces de navidad
y estamos a 20 grados,

los niños juegan en la plaza.

El recuerdo de un noviembre frío
se va desvaneciendo como el hielo de mi vaso.
Quizás se acerque el fin del mundo y
con suerte
no lo veré. Es tan propio de estos tiempos
exclamar un ¡sálvese quien pueda!
Parece que nos conformemos en desear
que si va a desatarse la tragedia
nos pille jugando.

El humo y la vida.

Empecé a fumar con 14 años por rebeldía,
por afán de libertad,
porque fumar era propio de héroes,
-aún pensaba que el cine
era un buen reflejo de la realidad-
bendita inocencia.
Desde entonces he buscado
miles de maneras de ser libre y

al final

todas han resultado humo.

Cada decisión me ha atado más a la vida,
ha marcado un momento y un lugar,
definiéndome por lo precario de mis posesiones,
porque en realidad
mi única preocupación siempre fue
con quién compartir el próximo cigarro… Cuando soy yo

el que debería de dejar de fumar.

Ciudad de muertos.

Si de verdad amas a Euridice
Vete al infierno
Y no vuelvas.

Ángel González

No hay victoria posible,
sólo barbarie. Tampoco conquistas, salvo alguna calculada concesión.

La derrota es por tanto

total y absoluta.

No nos queda otra que renunciar a las grandes trincheras
por esas humildes luchas
entre las sombras condenadas
de esta ciudad de muertos.

Asumámoslo

por la verdad y la justicia.

Si realmente amas el mundo
baja conmigo al infierno

aún estamos a tiempo de rescatar

a aquellos de los que nadie se acuerda.

Tristes días

Hoy es uno de esos días tristes,
tristes, tristes.
En los que mi cuerpo cansado
escribe estos versos
como renuncia a la vida.
Es demasiado el dolor, demasiada la tristeza,
para intentar otra pirueta desesperada…
Mientras mis párpados desean que se cierre el telón,
mi corazón se aferra
a lo que puede y llora triste,
triste, triste, sobre el papel.

Llora con palabras

lo que mi boca silencia.

El café de las mañanas

Me gusta tomar café por las mañanas en esta plaza,
mirar a la gente, leer un poco, intentar escribir…
Son formas de huída cercana,
como sumergirme en una piscina de bolas buscando mi niñez,
o soñar que soy otro,
solo por imaginar qué le gustaría más: Benedetti o Baudelaire,
El truco está en jugar a que no te ven,
sólo así puedes mirar con el atrevimiento desesperado de una estatua viviente. Y
con un poco de fortuna
el mundo te regala una mirada, una sonrisa,
un recuerdo en forma de presente,
que atesoro… Y es que a mi edad
la memoria
es un baluarte oculto,
un jardín umbrío donde todo,
hasta el olvido, responde a un porqué.

La huída

A William Faulkner

Todo estaba a oscuras. Encendí la linterna un instante y su luz sacudió las penumbras. Sólo era una pequeña proyección que no servía para iluminar el andén, aunque me ayudara a entender la inmensa dimensión de sus sombras.
Podía seguir en aquella dirección o volver sobre mis pasos, pero el miedo no me dejaba pensar con claridad. Los dilemas de lo real no se limitan a cerrar un libro.
Cuando la muerte te persigue, nadie busca un punto y final por si a éste le precede tu nombre.
Calculé los riesgos. Lo menos arriesgado era seguir adelante y ser engullido por aquella tenebrosa confusión. Así que apagué el móvil y poco a poco el eco de mis pasos
se perdieron en el silencio como si nunca hubiera estado ahí.

Plaza 11 de septiembre

La libertad es una librería

Joan Margarit

El sol de noviembre revela
unas gotas de lluvia secas en el toldo sucio.

A este lado

unos aforismos de K. y otro café.
Al otro, el cielo está azul y las parejas pasean sus carritos de bebé
o pasean su amor, simplemente…

Sutil primavera la de este otoño
que hasta la gente triste parece amarse.

Llegué aquí preguntándome por la libertad, ahora que no la busco en las librerías,
pero mi mirada

recorre una y otra vez
-no sin cierta nostalgia-

los restos de una ilusión,
como unas manchas en el plástico
que no recuerdan que fueron nube.

Infancia (atrápame si puedes).

A veces, miro a los niños, esos

que nunca tendremos, amor.

Y no me siento aliviado.

Ser padre no entra en mis planes,

pero contemplar tanta vida,

rescata del olvido a aquel otro niño,

ese que ahora se recuerda trepando a un árbol, jugando

a las canicas, al pilla pilla y hacía de portero en el recreo.

Es inquietante pensar que nada cambia, que

desde aquellos años tempranos

me persigue la muerte y que ahora,

a diferencia de entonces, fumo como un carretero.