Blade Runner

Esta mañana de espejos negros,

de silencio y soledad,

sabe a hielo en la memoria,

a parálisis en el quicio de la puerta

y al lánguido rumor de la melancolía.

Las ramas desnudas

no florecen con el frío,

pero el gato hambriento

prefiere ignorar estas sutilezas.

Le miro, me mira

y pienso que

si fuera un replicante vería

que, a pesar de todo,

sigue habiendo mucha lluvia

en el corazón de esta flor tardía.

Cuando las palabras no bastan…

Cuando las palabras no bastan,

justo en ese instante fatídico,

en que los versos

se vuelven piedras cansadas al borde del camino y

la mirada pareciera

un oscuro mezcladís, que proyecta eclipses

sobre el futuro incierto… Ponte manos a la obra

porque el amor en ocasiones

también es esto:

soledad, dolor, angustia, desasosiego…

Las botellas llenas con la ceniza de los días

no son más que un reflejo opaco

de lo que no se nombra,

lo oculto en el desván.

Demasiadas heridas abiertas quizás

contra las aristas de una verdad poliédrica,

excesivas llagas ulceradas

contra su sombra magmática.

Pero la vida sabemos

también es esto:

miedo, dudas, decepciones, desiertos…

La razón es simple, casi obvia:

cuando el amor y la locura

se miran en el mismo espejo

uno tiene la certeza

de que ambos son verdaderos,

mientras que la poesía

no es más que una preciosa mentira,

un decorado envoltorio

para las verdades del presente.

Así que recuerda

cuando las palabras no bastan,

cuando los versos son como aviones de papel,

dirigiéndose contra el suelo,

solo pueden hablar los corazones.

Espero tu respuesta.

Exilio.

No sé si las fronteras que un día levantamos

frente a nuestra mirada lejana

dejaron este rastro de culpa, 

esta mueca triste y estúpida en mi orografía.

Tantas heridas abiertas, tantas mentiras

como ríos 

erosionando los valles y las mesetas.

Tantas, tantas… 

Sólo me queda volar sobre el viento,

negar el pasado una y mil veces,

convertirme también en agua

en furia,              en lamento.

Para que nadie sepa de mi

y yo 

sólo vea en ellos

a una parte equidistante

entre la memoria y el olvido,

esa tierra de nadie: mi exilio.

Dadme…

Dadme la verdad:

aunque duela, aunque sangre

aunque sea un tsunami que arrase con todo o

invoque a aquellos fantasmas que pueblan el desierto.

Dadme la verdad,

porque la deseo más que a la vida,

la fortuna o al amor que me consuela

en su ausencia absurda.

Dadme la verdad,

en forma de dardo o puñal

con el estallido del rayo o el estruendo

de un balazo en la noche eterna.

Dadmela. Dadme la verdad,

para que con ella pueda colmar al fin

este inabarcable e infinito silencio

tan lleno de voces

como de irrealidad.

Más allá

Más allá de mi pecho encogido,

casi congelado de nudos,

calla mi boca

y las palabras cristalizan en suspiro.

La vida pasa

como una ráfaga incensante de sucesos,

mientras en la trinchera de mi pecho

el silencio grita

colmado de terror. No quedan

ya días para esperar lo mejor del ser

así que me consuelo

soñando con un encantamiento de belleza inalcanzable, una ecuación que corrija las mareas o con un verso que contenga el más oscuro desasosiego;

fantasías de salón, puro y copa de cognac,

porque tras las palabras

se erige una certeza de mármol y sombra,

de incienso y mudo luto:

vivir es ser otro, nada más y nada menos,

es ser el cadáver de lo que soñamos ser.

A las víctimas de mis queridas Rambles de les Flors.

Ya no hay flores en La Rambla.

Ya no hay flores.

Se las llevó el tiempo y la ira,

un odio mezquino

como el de aquel que se alimenta de bilis

en la soledad de su infamia.

Ya no hay flores, amigos, ya no hay flores;

mudaron en sombra, en recuerdo,

en sangre derramada

cuando no quedaba ya

ni el aroma del jazmín ni de la rosa

bajo el sol alegre de las terrazas.

De luto quedaron los libros,

incapaces de explicar tanta sinrazón

capturada bajo la superficie de las lágrimas.

Quebrar de rabia la mesa,

emborracharse frustrado con las estrellas,

gritar, correr o abrazarse al mar

como un loco que sujeta

entre sus brazos la esperanza

puede servir de momento…

¡Vana tirita para un mundo que se desangra!

Ya no hay flores en la Rambla.

Ya no hay flores.

Sólo un silencio mohoso

donde no cabe ni siquiera la luz del mañana.

A los jóvenes poetas.

Siempre fue así.

La poesía dialoga consigo misma,

como ballenas cantando por sobrevivir.

Por eso escribe, escribe, escribe…

En su melodia se levanta

un puente entre soledades,

una huida del «yo»

para encontrarse, después de todo,

en la claridad del «nosotros».

Escribe sobre sus grietas, sobre sus caleidoscópicos laberintos,

sobre sus umbrales luminosos y sobre tus nervios cristalinos.

Escribe sobre su mano cálida, la ternura de sus labios,

su miradas entre miles y su sexo caliente y generoso.

Escribe, escribe.

Porque es en ese viaje al fondo del espejo,

cuando todo es posible,

incluso la esperanza. Sobre todo la esperanza.

Así que vístete de arqueólogo en la búsqueda de tu verdad,

abre la tierra y sus mentiras, enfrentate a la injusticia,

a la mano vacía y la boca hambrienta,

a la bota de hierro y al poder que la maneja,

porque los sentimientos no tienen nombre,

y la palabra es una cárcel

donde no cabe ni cabrá nunca la realidad.

Por todo ello escribe,

escribe y sueña

despierto, en este infierno implacable y mezquino,

porque aunque la vida no tenga sentido

y seamos gotas de agua diluidas en el abismo,

este silencio nos da aire entre la muchedumbre como

materia eterna, raíces de lluvia, eco de cenizas

y hoguera del olvido. Por todo ello

escribe, escribe, escribe, escribe…

Aquella noche.

Hoy recuerdo
el primer amanecer que incendió
nuestras sábanas y nuestras bocas
en una jauría de dentelladas calientes.
Era invierno,
pero no hacía frío. A tu lado
las horas                    pasaban invisibles.

Sigues teniendo esa cualidad,
ese poder intangible sobre mí. Tus manos
me atan a tu cuerpo
y tu cuerpo                   desata mi ser
                     como un hermoso delirio.

El reloj sigue parado
en aquel instante preciso
cuando la rigurosa escarcha se hizo carne
y tras la ventana empañada
la ciudad parecía una sombra frágil
que no soportaba nuestra luz.

Fue una noche de febrero, lo recuerdo bien,
porque no hacía frío.

Fue ante el esplendor de tu conjura
cuando ardí contigo. 

Del amor.

Imagen: «Audacia» Hatem Khraiche

      

                                       «Creo que si mirásemos más al cielo, acabaríamos por tener alas.» Gustave Flaubert

Del amor ya se ha escrito todo,

porque nada de lo que se expresa es suficiente.
Uno queda atrapado, con cara de bobo,
ante la torpe incompetencia del lenguaje.
Como si sólo en un parpadeo
           se pudiera contemplar el infinito,
buscamos en el otro nuestro espejo
            como si en aquella cálida pupila
se extendiera un atlas del deseo, una crónica
sobre todo aquello que nos trajo hasta aquí.


Ain’t no mountain high enough
Ain’t no valley low enough
Ain’t no river wide enough

Y sin embargo               ahí seguimos
buscando razones para ser amados,
argumentos que eleven nuestros corazones
                   tan cansados, a veces,
                   tan desgastados
de tiempo y soledad.

Puede suceder también que
rompamos el silencio para revelarnos,
de lo que somos,
de lo que fuimos,
de lo que queremos dejar de ser,
porque las heridas más profundas
siempre se esconden tras sus muros.

Y aunque en el fondo sabemos
que nada de lo que digamos nos devolverá al paraíso,
seguimos amando, seguimos escribiendo,
                   porque soñamos
                   que dentro de esa cálida pupila
                                se abre una puerta a la eternidad.