Golondrinas.

La vida de cada hombre 

vuela como una golondrina.
Su trayectoría invisible, su aleteo
desprevenido
marca en el azul del cielo
las sombras de su sendero,
el esbozo de su destino.
¿Cómo congelar su movimiento
sin pretender detener el tiempo,
ni talar de un disparo certero
su viaje hacia el infinito?
¿Cómo pretender que la palabra
vista de oro la jaula donde contemplar
aquello que tanto el cielo como el espejo
han demostrado que no puede ser contenido?
¡¿Qué derecho tengo
si la vida de cada hombre
vuela como una golondrina y mis alas
arden en la oscura hoguera del deseo?!

Vuela

​Vuela:

aunque sea sin alas,
aunque sea sin sombra,
aunque sea sin tiempo.
Vuela como las nubes
o como el viento.
Vuela hasta el abismo
para poder salir de él y
vuela hasta el horizonte
para alcanzar aquello que siempre
estuvo en tu interior.
Vuela hasta los confines
más lejanos de ti mismo,
hasta la Ítaca de Kavafis o
el paraíso perdido. Tu vuelo
te hará sabio para reconocer
las perspectivas de la vida y de la muerte.
Quizás así a fuerza de partir
podrás volar entre el olvido y el recuerdo.
Quizás así puedas al fin volver
y saberte tú 

al poner los pies en el suelo. 

La montaña 

No basta con abrir la ventana

para ver los tejados y los cielos,
ni para distinguir los puentes entre las nubes que
tienden las palomas con cada aleteo.
Hay que hacer un esfuerzo por perderle el respeto a la montaña
convertirse en niebla o en viento o en agua
para ocultar su grandiosidad, subir hasta su cima
y penetrar hasta su núcleo inalterable.
Ella siempre estará allí, cuando todos nos hayamos ido, ella
permanecerá impasible como el mar o el tiempo.
Por eso tiene una importancia relativa su presencia,
me resulta mucho más interesante describir
qué guarda tu silencio por las noches
cuando todo elemento que no sea tu mirada
parece lejano como pálida estrella.
Quizás nunca llegue a averiguarlo, pero al menos
te tengo cerca.

El jugador 

El poeta y el jugador son

ante todo prisioneros,
de sí mismos, de sus sentimientos,
de sus faroles, de sus miradas.
Las palabras se disponen así, estratégicamente,
sobre el gastado tapete de la vida.
La suerte del azar, el hilo caduco de sus entrañas,
las mañanas vacías, los vasos llenos,
su soledad de estrella, aquella música lejana,
las pantallas negras, la espectativa febril,
el silencio repetitivo del espejo y el polvo,
sobre todo el polvo depositado en los estantes y en la memoria
marcarán automática la apuesta.
La suerte está echada. Y solo aprendí
que seguiremos presos. Pero no,
no hablo de libertad,
porque ya no hay libertad bajo este pálido cielo…
…Sólo quedamos tú, lector, y yo, encerrados, 

entre puntos suspensivos…

La gramática del tiempo

…Los puntos, las comas, 

aumentan el sentido de las palabras,
rigen su temperatura,
marcan su paso por la vida
como huellas sobre el desierto.
Los silencios se hacen eco entonces
de todo lo que aún no se ha dicho.
Tocan como chelo indescifrable
la melodía del azar, sus amaneceres,
sus remansos… Como lenguas de fuego.
Existe una música oscura y vibrante 
en todo lo que callamos
cuando la muerte acecha tras la puerta
y la sombra del ciprés apunta sobre el muro
preguntándonos: ¿Cuándo,
cuándo resonará nuestro último aliento?