El séptimo sello.

«La partida ha acabado, Mr. Von Sydow. D.E.P.» La muerte.

Aún no ha acabado este invierno,
aunque estemos a 26 grados.
Veo gente con mascarillas y los medios
CON GRANDES PALABRAS
hablan de pánico y pandemia.
Las bolsas se desploman moribundas
y dicen que en Italia
han comenzado los saqueos.
En mi pueblo
la proximidad de la muerte
es el tema de la semana.
Parece que
nos están acostumbrando
a una rutina
de continúo apocalipsis,

quizás para que cuando llegue
no lo veamos venir.

Acabas un libro,
has pasado un año y medio con él
y lo conoces como a un hijo,
como a ellos
llega un día en que debes dejarlos volar
con esa mezcla de orgullo prudente
y temor por su futuro.
Ciertamente te conformas con poco. Sólo esperas:
que la vida no le sea demasiado dura,
que hasta los más críticos lo llamen por su nombre y
que llegue, sin grandes cicatrices, hasta donde pueda llegar.

Blowing in the wind

Los árboles ya no están,
pero el viento sigue todavía
peinando las calles con indiferencia.
Seguramente, no se de cuenta
de que ya casi nadie se estremece a su paso,
que solo se levantan a saludarle
la basura
             y los papeles perdidos
                           de algún incívico poeta.

Sórdidas respuestas soplan
en estos tiempos bárbaros,

mientras pisamos el acelerador
-como Thelma y Louise-
directas hacia el precipicio.

Sísifo

Trato de no pensar demasiado,
tan solo de aguantar el peso de esta niebla,
que me abraza fría,
traspasa mi piel
y clava sus uñas de hielo
en mi corazón confuso.
Es extraño estar y no estar,
ser la sombra de una sombra,
cuando todo acontece y
sentir que la vida se te escurre de las manos,
como despierta Sísifo en el valle.
Será por eso que al final
me conformo con lo poco que queda en ellas,
porque la alternativa es demasiado lúgubre
como escribir tu propia esquela

o imaginar mi vida sin mí.

A estas alturas…

A estas alturas del camino
poco importa como llegué hasta aquí,
todo mis pasos cumplieron un propósito
y lo único que lamento
es no haber aprendido suficiente.
En esta hora tardía lucho
por vivir en mi, por vivir contigo,
porque crezcan flores en las ruinas y
cristalicen los lamentos en perlas
que puedan coronar la blanca cima.
Todo lo demás da igual: éste
ha sido mi viaje, mi ruta salvaje
en la busqueda de mí mismo.
Todo este tiempo te he estado esperando, amor,
y lo demás
son las piedras que han marcado mi camino.

Lo poco que he aprendido. (A mis padres)

Si algo me ha enseñado la vida es: que nadie es mejor que nadie, que la arrogancia es el arma de los que desconfían de sus propios argumentos y que la humildad siempre brilla, aunque la eclipse el fracaso; que el conocimiento solo sirve si se comparte, pero es mejor compartir un trozo de pan o un vaso de vino, unas risas o un lamento, porque las cosas más básicas, son los cimientos de la vida, la base de nuestra humanidad; que el mundo está lleno de belleza, de pequeñas acciones anónimas que nos salvan del incendio y que el poder es un monstruo cruel cuyo único fin es perpetuarse y que para eso muchas veces se disfraza de Dios; que todo es efímero, hasta lo que parece eterno, y que hay que hacer acopio de buenos ratos, porque al final solo nos quedará la memoria y sus cachitos de espejo; que la melancolía es un exceso de pasado que nos evita vivir el presente, pero también es un refugio donde siempre seremos bien recibidos; que la infancia se vive por obligación y que por eso hay que cuidarla de los adultos que ya no recuerdan que fueron niños; que aprendemos más de los errores que de los aciertos y que vistos de cerca todos estamos locos, en mayor o menor medida, pero que la locura no está reñida ni con la bondad ni con la inteligencia, solo supone una mayor fragilidad, como si avanzáramos sobre una fina capa de hielo; que los libros son como el mar, tan profundos y cercanos, que no detienen su tránsito constante aunque parezcan muertos; que nada tiene sentido, ni la verdad, ni la existencia, y que es por eso que solo podemos ser felices cuando no nos preguntamos si lo somos; que el amor no es la respuesta, ni sana enfermedades, pero sin él la vida es más triste y mucho menos amable y que si no decimos un te quiero mañana puede ser demasiado tarde; que sin empatía, sin emoción, solo desde el intelecto, nunca podremos conocer bien a nadie y que la poesía, aunque no tenga más función que la de fijar el movimiento y compartir soledades, siembra futuros poniendo palabras donde solo había silencios errantes.