Bajo la corteza
allí donde no alcanzan
los rayos del sol,
ni las miradas…
Una luz titila en el frío.
Solo se propaga cuando puede.
Parece que no responda más
que al sueño del colibrí,
con esa flor
que existe porque se piensa,
sin ningún otro motivo.
Bajo la corteza
allí donde no alcanzan
los rayos del sol,
ni las miradas…
Una luz titila en el frío.
Solo se propaga cuando puede.
Parece que no responda más
que al sueño del colibrí,
con esa flor
que existe porque se piensa,
sin ningún otro motivo.

Esos árboles desnudos,
a los que ya no alcanza ninguna primavera,
marcan las lindes del granito,
de su voz cenicienta.
Su lamento sin raíces,
alza nubes de plástico
sobre las columnas de caña seca,
son huérfanos de lodo
junto al cuerpo de la mano muerta.
Siempre es así esta carretera,
raída por el humo y su oscura consigna.
Solo alguna temeraria genista
desafía el calor de este ocaso
con la sencilla y lejana humildad de una estrella.
Como nos pasa a todos,
no ha elegido nacer en este momento,
ni en este lugar.
Pero se obstina en dar vida a un instante
porque sin pensarlo
-ajena al progreso y su condena-
siente correr entre sus nudos
a lo largo de su tallo cristalino
el aliento del tiempo que apremia.

Supe que era amor
porque pasados los años
todo ocupaba su lugar correspondiente:
el té, los libros, tus manos, las calles,
las palabras y los silencios…
De repente,
como la primavera amanece en los cerezos,
el universo se movió a ritmo de Bach
o con una rumba de Los delincuentes,
como si tú atmósfera diera aire a un mundo
ahogado en su propio abismo.
Supe que era amor,
porque todo lo aprendido
en las aulas, en los libros y en las gentes
era insuficiente para explicar
la profundidad de tu melodía.
Y aquí sigo,
vencido el lenguaje para siempre,
dejando que hablen los cuerpos
lo que sabes que sé.
Ellos no mienten.

El deseo de verte
como solo yo te veo,
pensarte cada día,
en las luces y las sombras;
imaginarte, nombrarte,
como un eco en el abismo,
hasta hacerte carne
dentro de mi herida…
…No es más
que un ejercicio
de auténtica libertad.
Como las páginas de un diario íntimo
me desnudas
para luego vestirme
con la verdad que te trajo a mí.

Esta mañana de espejos negros,
de silencio y soledad,
sabe a hielo en la memoria,
a parálisis en el quicio de la puerta
y al lánguido rumor de la melancolía.
Las ramas desnudas
no florecen con el frío,
pero el gato hambriento
prefiere ignorar estas sutilezas.
Le miro, me mira
y pienso que
si fuera un replicante vería
que, a pesar de todo,
sigue habiendo mucha lluvia
en el corazón de esta flor tardía.
Cuando las palabras no bastan,
justo en ese instante fatídico,
en que los versos
se vuelven piedras cansadas al borde del camino y
la mirada pareciera
un oscuro mezcladís, que proyecta eclipses
sobre el futuro incierto… Ponte manos a la obra
porque el amor en ocasiones
también es esto:
soledad, dolor, angustia, desasosiego…
Las botellas llenas con la ceniza de los días
no son más que un reflejo opaco
de lo que no se nombra,
lo oculto en el desván.
Demasiadas heridas abiertas quizás
contra las aristas de una verdad poliédrica,
excesivas llagas ulceradas
contra su sombra magmática.
Pero la vida sabemos
también es esto:
miedo, dudas, decepciones, desiertos…
La razón es simple, casi obvia:
cuando el amor y la locura
se miran en el mismo espejo
uno tiene la certeza
de que ambos son verdaderos,
mientras que la poesía
no es más que una preciosa mentira,
un decorado envoltorio
para las verdades del presente.
Así que recuerda
cuando las palabras no bastan,
cuando los versos son como aviones de papel,
dirigiéndose contra el suelo,
solo pueden hablar los corazones.
Espero tu respuesta.
No sé si las fronteras que un día levantamos
frente a nuestra mirada lejana
dejaron este rastro de culpa,
esta mueca triste y estúpida en mi orografía.
Tantas heridas abiertas, tantas mentiras
como ríos
erosionando los valles y las mesetas.
Tantas, tantas…
Sólo me queda volar sobre el viento,
negar el pasado una y mil veces,
convertirme también en agua
en furia, en lamento.
Para que nadie sepa de mi
y yo
sólo vea en ellos
a una parte equidistante
entre la memoria y el olvido,
esa tierra de nadie: mi exilio.

Dadme la verdad:
aunque duela, aunque sangre
aunque sea un tsunami que arrase con todo o
invoque a aquellos fantasmas que pueblan el desierto.
Dadme la verdad,
porque la deseo más que a la vida,
la fortuna o al amor que me consuela
en su ausencia absurda.
Dadme la verdad,
en forma de dardo o puñal
con el estallido del rayo o el estruendo
de un balazo en la noche eterna.
Dadmela. Dadme la verdad,
para que con ella pueda colmar al fin
este inabarcable e infinito silencio
tan lleno de voces
como de irrealidad.

Más allá de mi pecho encogido,
casi congelado de nudos,
calla mi boca
y las palabras cristalizan en suspiro.
La vida pasa
como una ráfaga incensante de sucesos,
mientras en la trinchera de mi pecho
el silencio grita
colmado de terror. No quedan
ya días para esperar lo mejor del ser
así que me consuelo
soñando con un encantamiento de belleza inalcanzable, una ecuación que corrija las mareas o con un verso que contenga el más oscuro desasosiego;
fantasías de salón, puro y copa de cognac,
porque tras las palabras
se erige una certeza de mármol y sombra,
de incienso y mudo luto:
vivir es ser otro, nada más y nada menos,
es ser el cadáver de lo que soñamos ser.
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