A las víctimas de mis queridas Rambles de les Flors.

Ya no hay flores en La Rambla.

Ya no hay flores.

Se las llevó el tiempo y la ira,

un odio mezquino

como el de aquel que se alimenta de bilis

en la soledad de su infamia.

Ya no hay flores, amigos, ya no hay flores;

mudaron en sombra, en recuerdo,

en sangre derramada

cuando no quedaba ya

ni el aroma del jazmín ni de la rosa

bajo el sol alegre de las terrazas.

De luto quedaron los libros,

incapaces de explicar tanta sinrazón

capturada bajo la superficie de las lágrimas.

Quebrar de rabia la mesa,

emborracharse frustrado con las estrellas,

gritar, correr o abrazarse al mar

como un loco que sujeta

entre sus brazos la esperanza

puede servir de momento…

¡Vana tirita para un mundo que se desangra!

Ya no hay flores en la Rambla.

Ya no hay flores.

Sólo un silencio mohoso

donde no cabe ni siquiera la luz del mañana.

La voz que te debo

La voz que te debo

sabe a lluvia y huele a tiempo,

a soledad una tarde de agosto,

a copa vacía, a perfil callado

y a hojarasca dormida.

Mis manos se hunden en la tierra

en busca de las raíces de este silencio,

que no entiende de nubes,

ni de desiertos.

La voz que te debo… La voz que te debo…

Es como tantas voces perdidas

en los charcos quebrados del recuerdo.

Es pasado. Es mentira. Es un sueño.

A los jóvenes poetas.

Siempre fue así.

La poesía dialoga consigo misma,

como ballenas cantando por sobrevivir.

Por eso escribe, escribe, escribe…

En su melodia se levanta

un puente entre soledades,

una huida del “yo”

para encontrarse, después de todo,

en la claridad del “nosotros”.

Escribe sobre sus grietas, sobre sus caleidoscópicos laberintos,

sobre sus umbrales luminosos y sobre tus nervios cristalinos.

Escribe sobre su mano cálida, la ternura de sus labios,

su miradas entre miles y su sexo caliente y generoso.

Escribe, escribe.

Porque es en ese viaje al fondo del espejo,

cuando todo es posible,

incluso la esperanza. Sobre todo la esperanza.

Así que vístete de arqueólogo en la búsqueda de tu verdad,

abre la tierra y sus mentiras, enfrentate a la injusticia,

a la mano vacía y la boca hambrienta,

a la bota de hierro y al poder que la maneja,

porque los sentimientos no tienen nombre,

y la palabra es una cárcel

donde no cabe ni cabrá nunca la realidad.

Por todo ello escribe,

escribe y sueña

despierto, en este infierno implacable y mezquino,

porque aunque la vida no tenga sentido

y seamos gotas de agua diluidas en el abismo,

este silencio nos da aire entre la muchedumbre como

materia eterna, raíces de lluvia, eco de cenizas

y hoguera del olvido. Por todo ello

escribe, escribe, escribe, escribe…