La higuera.

Solía venir de pequeño a visitarte, cuando la vida era sencilla

como sentarse a tu sombra, esperando a que la gravedad

fuera generosa con tus negros frutos.

Recuerdo que, por aquel entonces,

las tardes se alargaban como prematuras estrellas fugaces

y que imaginaba ser mayor para al fin ser libre.

Vivir -qué equivocado estaba-

me parecía una aventura que solo los adultos protagonizaban.

Mis héroes eran adultos, mis padres también,

mientras que yo solo era un niño, ajeno a la guerra y a la miseria,

que esperaba, impaciente, el porvenir.

Pero a pesar de todo, de mi ignorancia, de mi estupidez,

solía escaparme hasta aquí las tardes de verano

en compañía de Verne, Stevenson o Tolkien,

-según me diera-, porque lo que sí sabía era que los sueños,

en compañía, germinan mejor.

Supongo que era un niño algo solitario, que no entendía el mundo,

ni lo pretendía; que me revelaba contra mi visión de lo injusto,

huyendo bajo tus ramas, en esa isla diminuta que habitaba,

como un Robinson Crusoe en medio de un océano de palabras.

Hoy, rozando los cuarenta, he vuelto y no estabas.

Supongo que era fácil de imaginar.

En tu lugar se extiende el asfalto del aparcamiento de un Lidl,

hay niños con sus padres, pero diría que ninguno ha llegado a conocer

a los que un día fueron mis amigos, porque los libros

se abren para dejarte entrar en su mundo

mientras que las pantallas, a pesar de su luz,

solo te devuelven un reflejo difuso de lo que podrías llegar a ser.

Ahora, puedo comprar todas las frutas que quiera comer,

pero sigo sin saciarme. Supongo que, tristemente, sigo sin entender el mundo…

¡Y ni falta que hace!

A las víctimas de mis queridas Rambles de les Flors.

Ya no hay flores en La Rambla.

Ya no hay flores.

Se las llevó el tiempo y la ira,

un odio mezquino

como el de aquel que se alimenta de bilis

en la soledad de su infamia.

Ya no hay flores, amigos, ya no hay flores;

mudaron en sombra, en recuerdo,

en sangre derramada

cuando no quedaba ya

ni el aroma del jazmín ni de la rosa

bajo el sol alegre de las terrazas.

De luto quedaron los libros,

incapaces de explicar tanta sinrazón

capturada bajo la superficie de las lágrimas.

Quebrar de rabia la mesa,

emborracharse frustrado con las estrellas,

gritar, correr o abrazarse al mar

como un loco que sujeta

entre sus brazos la esperanza

puede servir de momento…

¡Vana tirita para un mundo que se desangra!

Ya no hay flores en la Rambla.

Ya no hay flores.

Sólo un silencio mohoso

donde no cabe ni siquiera la luz del mañana.

La voz que te debo

La voz que te debo

sabe a lluvia y huele a tiempo,

a soledad una tarde de agosto,

a copa vacía, a perfil callado

y a hojarasca dormida.

Mis manos se hunden en la tierra

en busca de las raíces de este silencio,

que no entiende de nubes,

ni de desiertos.

La voz que te debo… La voz que te debo…

Es como tantas voces perdidas

en los charcos quebrados del recuerdo.

Es pasado. Es mentira. Es un sueño.

A los jóvenes poetas.

Siempre fue así.

La poesía dialoga consigo misma,

como ballenas cantando por sobrevivir.

Por eso escribe, escribe, escribe…

En su melodia se levanta

un puente entre soledades,

una huida del “yo”

para encontrarse, después de todo,

en la claridad del “nosotros”.

Escribe sobre sus grietas, sobre sus caleidoscópicos laberintos,

sobre sus umbrales luminosos y sobre tus nervios cristalinos.

Escribe sobre su mano cálida, la ternura de sus labios,

su miradas entre miles y su sexo caliente y generoso.

Escribe, escribe.

Porque es en ese viaje al fondo del espejo,

cuando todo es posible,

incluso la esperanza. Sobre todo la esperanza.

Así que vístete de arqueólogo en la búsqueda de tu verdad,

abre la tierra y sus mentiras, enfrentate a la injusticia,

a la mano vacía y la boca hambrienta,

a la bota de hierro y al poder que la maneja,

porque los sentimientos no tienen nombre,

y la palabra es una cárcel

donde no cabe ni cabrá nunca la realidad.

Por todo ello escribe,

escribe y sueña

despierto, en este infierno implacable y mezquino,

porque aunque la vida no tenga sentido

y seamos gotas de agua diluidas en el abismo,

este silencio nos da aire entre la muchedumbre como

materia eterna, raíces de lluvia, eco de cenizas

y hoguera del olvido. Por todo ello

escribe, escribe, escribe, escribe…