En lo oscuro, con los ojos cerrados,
(como antes de nacer), veo,
imagino tus ojos, rasgando las tinieblas.
Para mí se está volviendo algo cotidiano,
como tomarme una copa de vino mientras preparo la comida,
buscarte en la ausencia, rescatarte del silencio…
No sé quién eres. Creo que nunca te conocí.
Solo sé que necesito tu luz
para recomponer aquello que nadie sabe que está roto.
Hablo de mi infierno,
pero también podría hablar perfectamente
del cielo.
Al fin y al cabo, solo los separa una delgada e invisible frontera.


…Abrió los ojos. Eran las 4 de la madrugada. Una noche más el insomnio se materializaba en su rostro en forma de cansancio y fastidio. La visión de dos cucarachas frente al microondas lo habían despertado con un sobresalto. Pensó en Kafka, en las pesadillas que debió sufrir para escribir “La metamorfosis”. Sueños inmundos y castradores, como los que soñaría una bestia acorralada. En la oscuridad, recordó que no hay peor amenaza que la de nuestros propios miedos reprimidos y supo que ya no podría volver a dormir. Se levantó pesadamente y fue a beber un vaso de agua a la cocina. La mirada le volaba hasta el microondas, por si acaso todo aquello resultaba un deja vu. Ni rastro. Sólo un periodico abierto donde leyó las palabras de W.H. Auden: El valor de algo profano es su utilidad, el valor de algo sagrado es su existencia. Dejó el vaso en el fregadero y al girarse, vio a dos cucarachas frente al microondas. Abrió lo ojos. Eran las 4 de la madrugada…



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