La carretera.

Esos árboles desnudos,
a los que ya no alcanza ninguna primavera,
marcan las lindes del granito,

de su voz cenicienta.

Su lamento sin raíces,
alza nubes de plástico
sobre las columnas de caña seca,

son huérfanos de lodo

junto al cuerpo de la mano muerta.

Siempre es así esta carretera,
raída por el humo y su oscura consigna.

Solo alguna temeraria genista
desafía el calor de este ocaso
con la sencilla y lejana humildad de una estrella.
Como nos pasa a todos,
no ha elegido nacer en este momento,
ni en este lugar.
Pero se obstina en dar vida a un instante
porque sin pensarlo
-ajena al progreso y su condena-
siente correr entre sus nudos
a lo largo de su tallo cristalino
el aliento del tiempo que apremia.

Busco la soledad.

Busco la soledad,

pero no quiero que ella me encuentre.

Sé demasiado bien que esa historia

no tendría un final feliz.

Por eso me escondo en el recuerdo,

entre las estanterías polvorientas o

en el reflejo pálido

que me observa entre mis manos

con la vana esperanza de huir…

Entre tanto,

discuto mentalmente con cretinos

que arrojaría al infierno,

sino fuera porque éste

arde en mi mirada hasta consumirla,

debato los pros y los contras

de rendirme al vacío de ser,

sin estar al fin

y escribo

porque no tengo otra arma para combatirme.

Pero entonces

una fuerza invisible

se agita hasta sublevarme,

se revela como un negativo de lo que soy

cuando estoy sin ti

y comprendo

con la luz de un despertar tardío,

que la huida es una trampa

un farol descubierto

porque nadie,

ni siquiera la muerte,

puede escapar de ti.

Sé que es amor.

Supe que era amor

porque pasados los años

todo ocupaba su lugar correspondiente:

el té, los libros, tus manos, las calles,

las palabras y los silencios…

De repente,

como la primavera amanece en los cerezos,

el universo se movió a ritmo de Bach

o con una rumba de Los delincuentes,

como si tú atmósfera diera aire a un mundo

ahogado en su propio abismo.

Supe que era amor,

porque todo lo aprendido

en las aulas, en los libros y en las gentes

era insuficiente para explicar

la profundidad de tu melodía.

Y aquí sigo,

vencido el lenguaje para siempre,

dejando que hablen los cuerpos

lo que sabes que sé.

Ellos no mienten.

Los sauces.

Ese vacío

tan lleno de ira contenida,

anuda mis palabras

a un mástil invisible.

La lluvia, el rumor callado de mi sangre,

todas las palabras de amor

que simplemente olvidé,

habitan esta página desnuda

como una nube desangelada

o ese eco sordo

que me repite cada noche tu nombre.

Es una verdad simple

-si lo pienso-

la que se viste de saudade:

todos los sauces bajo los que nos besamos

han dejado de llorar por ti.

Blade Runner

Esta mañana de espejos negros,

de silencio y soledad,

sabe a hielo en la memoria,

a parálisis en el quicio de la puerta

y al lánguido rumor de la melancolía.

Las ramas desnudas

no florecen con el frío,

pero el gato hambriento

prefiere ignorar estas sutilezas.

Le miro, me mira

y pienso que

si fuera un replicante vería

que, a pesar de todo,

sigue habiendo mucha lluvia

en el corazón de esta flor tardía.

Cuando las palabras no bastan…

Cuando las palabras no bastan,

justo en ese instante fatídico,

en que los versos

se vuelven piedras cansadas al borde del camino y

la mirada pareciera

un oscuro mezcladís, que proyecta eclipses

sobre el futuro incierto… Ponte manos a la obra

porque el amor en ocasiones

también es esto:

soledad, dolor, angustia, desasosiego…

Las botellas llenas con la ceniza de los días

no son más que un reflejo opaco

de lo que no se nombra,

lo oculto en el desván.

Demasiadas heridas abiertas quizás

contra las aristas de una verdad poliédrica,

excesivas llagas ulceradas

contra su sombra magmática.

Pero la vida sabemos

también es esto:

miedo, dudas, decepciones, desiertos…

La razón es simple, casi obvia:

cuando el amor y la locura

se miran en el mismo espejo

uno tiene la certeza

de que ambos son verdaderos,

mientras que la poesía

no es más que una preciosa mentira,

un decorado envoltorio

para las verdades del presente.

Así que recuerda

cuando las palabras no bastan,

cuando los versos son como aviones de papel,

dirigiéndose contra el suelo,

solo pueden hablar los corazones.

Espero tu respuesta.