Fuego.

«Yo, como Satanás, llevaba un infierno en mi interior y, al comprender mi aislamiento, quería destrozar los árboles, esparcir la destrucción a mi alrededor, para sentarme luego a contemplar con fruición aquellas ruinas».

Mary Shelley.



A veces miro el fuego
buscándome en sus lenguas,
saltando sin parar,
en una danza de destrucción implacable,
y me siento poderoso, cruel incluso,
            como un dios vengativo
                        con un plan inevitable.
Extraña fascinación la que nos produce
contemplar como la realidad se vuelve cenizas,
que ardemos con el deseo
de controlar la materia, cuando nadie
tiene control sobre nada
que valga en verdad la pena.