Tristeza.

Siento una tristeza

que no cabe en ninguna celda.

Hablo de un pesar de acero e injusticia

de lamento mudo

y ceguera compartida.

Un dolor bicéfalo, cavernario,

capaz de socavar mi pecho y mi sonrisa,

con cada palabra suicida

en la sien desnuda.

Tan grande es este desasosiego

que me consta que sigo vivo

porque me arde el corazón y las entrañas

con tanta sinrazón impuesta,

tanto odio germinado sobre el duro asfalto,

y toda esa muerte engalanada con grandes discursos

cómo tumbas abiertas a la sensatez.

Me da igual

-si os soy sincero-

la bandera que levanten

estos salvadores del honor y la patria

porque yo no tengo más patria que un folio en blanco,

unas cervezas entre amigos y tú pecho desnudo sobre el mío.

Su patria en mi cuerpo

no tiene estado, ni frontera.

Así que no vengan erigidos en Mesías de una tierra prometida, ni en protectores de la tradición.

Que no vengan, mejor dicho. Que se vayan.

Nunca han sido menos necesarios que

cuando parece que son imprescindibles,

sembradores de nada, estetas del absurdo,

voraces gargantas que engullen el futuro.

Llegará un día en esta tierra quemada

en que se pretenda coser sus almas rotas,

preparen hilos de palabras, suficientes madejas como para detener el naufragio.

Hasta entonces

en mi jardín habrá un lugar,

reservado y silencioso, casi litúrgico,

donde poder sentirme a salvo de este mundo,

de tanta tristeza

e incluso de mí mismo.