A las víctimas de mis queridas Rambles de les Flors.

Ya no hay flores en La Rambla.

Ya no hay flores.

Se las llevó el tiempo y la ira,

un odio mezquino

como el de aquel que se alimenta de bilis

en la soledad de su infamia.

Ya no hay flores, amigos, ya no hay flores;

mudaron en sombra, en recuerdo,

en sangre derramada

cuando no quedaba ya

ni el aroma del jazmín ni de la rosa

bajo el sol alegre de las terrazas.

De luto quedaron los libros,

incapaces de explicar tanta sinrazón

capturada bajo la superficie de las lágrimas.

Quebrar de rabia la mesa,

emborracharse frustrado con las estrellas,

gritar, correr o abrazarse al mar

como un loco que sujeta

entre sus brazos la esperanza

puede servir de momento…

¡Vana tirita para un mundo que se desangra!

Ya no hay flores en la Rambla.

Ya no hay flores.

Sólo un silencio mohoso

donde no cabe ni siquiera la luz del mañana.

La noria

agujero-negro

Las lágrimas rompieron su mirada

quebrando el horizonte de sucesos.

Rastro de sales, restos de vida.

En medio de la noche,

aquella multitud no era nada,

sólo sombras, como fantasmas.

Él la miraba; ella, temblorosa, le rehuía.

La noria giraba y regiraba

su incontrolable vaivén de emociones.

Pero sus miradas se encontraron

en medio del túnel.

Se escrutaron en silencio,

se reconocieron entre la bruma.

Él quiso saber si ella estaba mareada.

Ella le hizo prometer que sus lágrimas no serían en vano.