Una delgada e invisible frontera

En lo oscuro, con los ojos cerrados,
(como antes de nacer), veo,
imagino tus ojos, rasgando las tinieblas.

Para mí se está volviendo algo cotidiano,
como tomarme una copa de vino mientras preparo la comida,
buscarte en la ausencia, rescatarte del silencio…

No sé quién eres. Creo que nunca te conocí.
Solo sé que necesito tu luz
para recomponer aquello que nadie sabe que está roto.

Hablo de mi infierno,
pero también podría hablar perfectamente
del cielo.
Al fin y al cabo, solo los separa una delgada e invisible frontera.

Busco la soledad.

Busco la soledad,

pero no quiero que ella me encuentre.

Sé demasiado bien que esa historia

no tendría un final feliz.

Por eso me escondo en el recuerdo,

entre las estanterías polvorientas o

en el reflejo pálido

que me observa entre mis manos

con la vana esperanza de huir…

Entre tanto,

discuto mentalmente con cretinos

que arrojaría al infierno,

sino fuera porque éste

arde en mi mirada hasta consumirla,

debato los pros y los contras

de rendirme al vacío de ser,

sin estar al fin

y escribo

porque no tengo otra arma para combatirme.

Pero entonces

una fuerza invisible

se agita hasta sublevarme,

se revela como un negativo de lo que soy

cuando estoy sin ti

y comprendo

con la luz de un despertar tardío,

que la huida es una trampa

un farol descubierto

porque nadie,

ni siquiera la muerte,

puede escapar de ti.

Los sauces.

Ese vacío

tan lleno de ira contenida,

anuda mis palabras

a un mástil invisible.

La lluvia, el rumor callado de mi sangre,

todas las palabras de amor

que simplemente olvidé,

habitan esta página desnuda

como una nube desangelada

o ese eco sordo

que me repite cada noche tu nombre.

Es una verdad simple

-si lo pienso-

la que se viste de saudade:

todos los sauces bajo los que nos besamos

han dejado de llorar por ti.