Ya no hay flores en La Rambla.
Ya no hay flores.
Se las llevó el tiempo y la ira,
un odio mezquino
como el de aquel que se alimenta de bilis
en la soledad de su infamia.
Ya no hay flores, amigos, ya no hay flores;
mudaron en sombra, en recuerdo,
en sangre derramada
cuando no quedaba ya
ni el aroma del jazmín ni de la rosa
bajo el sol alegre de las terrazas.
De luto quedaron los libros,
incapaces de explicar tanta sinrazón
capturada bajo la superficie de las lágrimas.
Quebrar de rabia la mesa,
emborracharse frustrado con las estrellas,
gritar, correr o abrazarse al mar
como un loco que sujeta
entre sus brazos la esperanza
puede servir de momento…
¡Vana tirita para un mundo que se desangra!
Ya no hay flores en la Rambla.
Ya no hay flores.
Sólo un silencio mohoso
donde no cabe ni siquiera la luz del mañana.


…Abrió los ojos. Eran las 4 de la madrugada. Una noche más el insomnio se materializaba en su rostro en forma de cansancio y fastidio. La visión de dos cucarachas frente al microondas lo habían despertado con un sobresalto. Pensó en Kafka, en las pesadillas que debió sufrir para escribir “La metamorfosis”. Sueños inmundos y castradores, como los que soñaría una bestia acorralada. En la oscuridad, recordó que no hay peor amenaza que la de nuestros propios miedos reprimidos y supo que ya no podría volver a dormir. Se levantó pesadamente y fue a beber un vaso de agua a la cocina. La mirada le volaba hasta el microondas, por si acaso todo aquello resultaba un deja vu. Ni rastro. Sólo un periodico abierto donde leyó las palabras de W.H. Auden: El valor de algo profano es su utilidad, el valor de algo sagrado es su existencia. Dejó el vaso en el fregadero y al girarse, vio a dos cucarachas frente al microondas. Abrió lo ojos. Eran las 4 de la madrugada…


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