Exilio.

No sé si las fronteras que un día levantamos

frente a nuestra mirada lejana

dejaron este rastro de culpa, 

esta mueca triste y estúpida en mi orografía.

Tantas heridas abiertas, tantas mentiras

como ríos 

erosionando los valles y las mesetas.

Tantas, tantas… 

Sólo me queda volar sobre el viento,

negar el pasado una y mil veces,

convertirme también en agua

en furia,              en lamento.

Para que nadie sepa de mi

y yo 

sólo vea en ellos

a una parte equidistante

entre la memoria y el olvido,

esa tierra de nadie: mi exilio.

Dadme…

Dadme la verdad:

aunque duela, aunque sangre

aunque sea un tsunami que arrase con todo o

invoque a aquellos fantasmas que pueblan el desierto.

Dadme la verdad,

porque la deseo más que a la vida,

la fortuna o al amor que me consuela

en su ausencia absurda.

Dadme la verdad,

en forma de dardo o puñal

con el estallido del rayo o el estruendo

de un balazo en la noche eterna.

Dadmela. Dadme la verdad,

para que con ella pueda colmar al fin

este inabarcable e infinito silencio

tan lleno de voces

como de irrealidad.

Más allá

Más allá de mi pecho encogido,

casi congelado de nudos,

calla mi boca

y las palabras cristalizan en suspiro.

La vida pasa

como una ráfaga incensante de sucesos,

mientras en la trinchera de mi pecho

el silencio grita

colmado de terror. No quedan

ya días para esperar lo mejor del ser

así que me consuelo

soñando con un encantamiento de belleza inalcanzable, una ecuación que corrija las mareas o con un verso que contenga el más oscuro desasosiego;

fantasías de salón, puro y copa de cognac,

porque tras las palabras

se erige una certeza de mármol y sombra,

de incienso y mudo luto:

vivir es ser otro, nada más y nada menos,

es ser el cadáver de lo que soñamos ser.