A las víctimas de mis queridas Rambles de les Flors.

Ya no hay flores en La Rambla.

Ya no hay flores.

Se las llevó el tiempo y la ira,

un odio mezquino

como el de aquel que se alimenta de bilis

en la soledad de su infamia.

Ya no hay flores, amigos, ya no hay flores;

mudaron en sombra, en recuerdo,

en sangre derramada

cuando no quedaba ya

ni el aroma del jazmín ni de la rosa

bajo el sol alegre de las terrazas.

De luto quedaron los libros,

incapaces de explicar tanta sinrazón

capturada bajo la superficie de las lágrimas.

Quebrar de rabia la mesa,

emborracharse frustrado con las estrellas,

gritar, correr o abrazarse al mar

como un loco que sujeta

entre sus brazos la esperanza

puede servir de momento…

¡Vana tirita para un mundo que se desangra!

Ya no hay flores en la Rambla.

Ya no hay flores.

Sólo un silencio mohoso

donde no cabe ni siquiera la luz del mañana.

La memoria de las olas.

​Llega el mar, llega, 

llega. Con su aliento incesante,
con su latido eterno. Llega, llega,
como llega la vida y la muerte,
marcando el paso del tiempo. Llega.

Llega su voz profunda contando
historias de horizontes inalcanzables, llega porque
conoce el peso de las nubes y la indiferencia del viento. Llega. Llega, mientras
intento completar su materia incomprensible
con palabras que abarquen lo infinito. Llega, llega y recuerda que
no hay margen que contenga la armonía de su ritmo,
ni la memoria de sus olas.