La carretera.

Esos árboles desnudos,
a los que ya no alcanza ninguna primavera,
marcan las lindes del granito,

de su voz cenicienta.

Su lamento sin raíces,
alza nubes de plástico
sobre las columnas de caña seca,

son huérfanos de lodo

junto al cuerpo de la mano muerta.

Siempre es así esta carretera,
raída por el humo y su oscura consigna.

Solo alguna temeraria genista
desafía el calor de este ocaso
con la sencilla y lejana humildad de una estrella.
Como nos pasa a todos,
no ha elegido nacer en este momento,
ni en este lugar.
Pero se obstina en dar vida a un instante
porque sin pensarlo
-ajena al progreso y su condena-
siente correr entre sus nudos
a lo largo de su tallo cristalino
el aliento del tiempo que apremia.

A las víctimas de mis queridas Rambles de les Flors.

Ya no hay flores en La Rambla.

Ya no hay flores.

Se las llevó el tiempo y la ira,

un odio mezquino

como el de aquel que se alimenta de bilis

en la soledad de su infamia.

Ya no hay flores, amigos, ya no hay flores;

mudaron en sombra, en recuerdo,

en sangre derramada

cuando no quedaba ya

ni el aroma del jazmín ni de la rosa

bajo el sol alegre de las terrazas.

De luto quedaron los libros,

incapaces de explicar tanta sinrazón

capturada bajo la superficie de las lágrimas.

Quebrar de rabia la mesa,

emborracharse frustrado con las estrellas,

gritar, correr o abrazarse al mar

como un loco que sujeta

entre sus brazos la esperanza

puede servir de momento…

¡Vana tirita para un mundo que se desangra!

Ya no hay flores en la Rambla.

Ya no hay flores.

Sólo un silencio mohoso

donde no cabe ni siquiera la luz del mañana.