Blade Runner

Esta mañana de espejos negros,

de silencio y soledad,

sabe a hielo en la memoria,

a parálisis en el quicio de la puerta

y al lánguido rumor de la melancolía.

Las ramas desnudas

no florecen con el frío,

pero el gato hambriento

prefiere ignorar estas sutilezas.

Le miro, me mira

y pienso que

si fuera un replicante vería

que, a pesar de todo,

sigue habiendo mucha lluvia

en el corazón de esta flor tardía.

Aquella noche.

Hoy recuerdo
el primer amanecer que incendió
nuestras sábanas y nuestras bocas
en una jauría de dentelladas calientes.
Era invierno,
pero no hacía frío. A tu lado
las horas                    pasaban invisibles.

Sigues teniendo esa cualidad,
ese poder intangible sobre mí. Tus manos
me atan a tu cuerpo
y tu cuerpo                   desata mi ser
                     como un hermoso delirio.

El reloj sigue parado
en aquel instante preciso
cuando la rigurosa escarcha se hizo carne
y tras la ventana empañada
la ciudad parecía una sombra frágil
que no soportaba nuestra luz.

Fue una noche de febrero, lo recuerdo bien,
porque no hacía frío.

Fue ante el esplendor de tu conjura
cuando ardí contigo.