A las víctimas de mis queridas Rambles de les Flors.

Ya no hay flores en La Rambla.

Ya no hay flores.

Se las llevó el tiempo y la ira,

un odio mezquino

como el de aquel que se alimenta de bilis

en la soledad de su infamia.

Ya no hay flores, amigos, ya no hay flores;

mudaron en sombra, en recuerdo,

en sangre derramada

cuando no quedaba ya

ni el aroma del jazmín ni de la rosa

bajo el sol alegre de las terrazas.

De luto quedaron los libros,

incapaces de explicar tanta sinrazón

capturada bajo la superficie de las lágrimas.

Quebrar de rabia la mesa,

emborracharse frustrado con las estrellas,

gritar, correr o abrazarse al mar

como un loco que sujeta

entre sus brazos la esperanza

puede servir de momento…

¡Vana tirita para un mundo que se desangra!

Ya no hay flores en la Rambla.

Ya no hay flores.

Sólo un silencio mohoso

donde no cabe ni siquiera la luz del mañana.

Crees

Tú crees en la risa, en la ingravidez
de su arquitectura cuando estalla, en
la melodía que rige el sueño y su presente .

Crees en la vida y sus renuncias, en ese
ramillete de certezas que deshojas y en
la duda que oscurece tu mirada
mendigas la semántica de sus cicatrices.

Crees en la espuma y crees en la rabia,
en la pasión que nutre tus raíces
y en la voz que canta ensanchando el alma
cuando no encuentras luz entre la gente.

Crees en la sombra de tu pasado como crees
en el futuro y sus derivas.
Aunque siempre o casi siempre
te parezcan material de derribo y cárcel
para los pájaros que sueñan con volar.

Yo sólo quiero creer en ti. Nada más.
Que estarás a mi lado
cuando al fin el eco grite nuestros nombres
y no le conteste ni el silencio.

Esa es mi fe. Tú eres mi credo.